Tocha, le pusimos. Tenía un mechón rojo que resaltaba en la espesa mata que era su despeinado negro pelo. Un Mestre, venido de Brasil, no cesaba de referirse a él como Tocha, Tocha. ¡Antorcha! Eso quería decir. Y así se ganó su apelido de la Capoeira. Venia de otro grupo y había practicado con Jabalí, un negro brasilero que vivía con una cuarentona de Palermo. Jabalí viajó a Perú por una oferta para enseñar allá, dejando a su cuarentona de turno y a sus alumnos. Así resumía Tocha su historia con la Capoeira. Y así la había escuchado tantas veces yo, en distintos boliches, luego de alguna exhibición. Porque esa era su línea de entradas preferida. La historia de su apodo, que dejaba de ser Apelido cuando no estábamos en Capoeira, se convirtió rápidamente en una manera de resumir lo que hacía. Para que las chicas entendieran, arrancaba por el lado del Axé, mal llamado Brasilero, devenido en el Onda onda y Baila manteca, manteca. Les decía que hacia algo parecido, que conocía un par de negros y que el collar que tenía, comprando en Plaza Francia, se lo había regalado un Mestre o Maestro, como solía aclararles, para presumir de su portugués. Nunca entendí como toda esa cháchara funcionaba, pero realmente, lo hacía. Ellas se interesaban, terminaban pidiéndole de ir a verlo a alguna Roda, cancheras ya en el vocabulario de la Capoeira. Así Tocha encendía la noche.
Pero Tocha era el personaje. El que salía en los boliches, pero también era aquél que aparecía en las Rodas. Ahí se mezclaba con la Capoeira, y los rasgos de su personalidad se reflejaban en su jogo. Los movimientos cobraban otra forma y dejaban de ser simples repeticiones, los integraba creando así de manera inconsciente un estilo particular, diferenciándolo. Las acrobacias se mezclaban y el fluido ir y venir tan característico de la Capoeira, aparecía. Una función de teatro comenzaba con su jogo. Cada expresión, cada movimiento y amague contaba. Se adaptaba al otro jogador, descubría sus mañas y se divertía a costa de eso. Tocha molestaba, encontraba los vacíos y disfrutaba, casi quemando el piso, con alguna rastreira desorientando a todos y haciendo caer sin remedio al oponente. Pero ahí no terminaba la función, seguido de eso te ofrecía la mano y sonreía. Todo era un juego y no había maldad, pero si mandinga. Y la roda volvía a comenzar.
Galo debía su apelido a la cresta que llevaba cuando comenzó a hacer Capoeira. Tenía una capacidad extraordinaria para asimilar los movimientos y avanzó muchísimo en muy poco tiempo. Solía buscar siempre jogar con los más avanzados, como si quisiera demostrar constantemente que él estaba a su altura. Su facilidad para aprender y su flexibilidad natural, le permitía mantener el ritmo intenso y rápidamente formó un estilo de jogo fuerte. Físicamente, era un excelente jogador de Capoeira, pero había algo que escapaba a su comprensión. Axé, además de ser un desodorante, significa energía. Para obtener este Axé, es necesario dar algo a cambio, nuestra propia energía. Es un intercambio que se da de manera inconsciente, pero que es generado por el conjunto de personas. Hasta el más fuerte cae por el Axé si no es capaz de comprenderlo, de ceder un poco, permitiendo el intercambio. La sensación es casi imperceptible. Es ese combustible que te permite seguir entrando, a pesar de que ya no das más, porque lo que sucede adentro, te llama y hace que olvides el cansancio. Es esa sensación de vacío, de cansancio inmediato cuando no logra generarse. Y que demuestra que no importa si son muchos o pocos los que jogan, sino de lo que cada uno cede y cuanto aporta para que la Roda crezca.
Galo nunca pudo entender eso. El no cedía nunca, se imponía porque esa era su forma de ser. No eludía, iba al choque constantemente. Fue de esta manera que se encontró con Tocha. Fue la última vez que jogaron donde todo cambió. Galo llevaba ya 2 años en el grupo. El ambiente estaba especialmente cargado de Axé. Ese día nos juntábamos en el gimnasio donde entrenábamos siempre, que a causa de unas remodelaciones, había permanecido cerrado durante un mes. Eran muchas las ganas de jogar, el São Bento que interpretaba el Berimbau invitaba alegremente. La roda estaba pronta por comenzar.
Estas introducciones antes del jogo se daban de manera espontanea. Alguien, comenzaba a jugar con algún berimbau, otro lo seguía con el pandeiro, y el Atabaque pronto comenzaba a retumbar. El ritmo aceleraba los latidos. Alguno comenzaba una canción y las lembranças del pasado llegaban desde todas partes del gimnasio, ya que mientras cada uno entraba en calor y elongaba, repetía sin darse cuenta el coro. Los que no estaban elongando se acercaban y aportaban palmas o intercambiaban los instrumentos.
Tocha llegó tarde ese día, como de costumbre. Era sábado, 3 de la tarde. Él se presentaba con lentecitos oscuros, que escondían alguna resaca. La imagen era repetida y ya acostumbrada, pero duraba tan solo unos instantes. Entraba al vestuario y salía distinto. El uniforme, siempre impecable, producía el efecto. Bastaba que un Berimbau llegara a sus manos para que el cambio fuera completo. Y allí se metía a zapar con los demás instrumentos, a desbordar los coros y aportar color a cada canción y luego, la roda comenzaba. Siempre parecía que lo estábamos esperando.
Cuando comenzaron a jogar, Galo se mostró desafiante yendo constantemente al ataque, buscando el choque con cada uno de sus movimientos. A pesar de eso Tocha se movía con fluidez, sonriendo constantemente. Parecía que no se tomara en serio los ataques y la facilidad con la que los esquivaba tan solo servía para que Galo siguiera intentando. Entre acrobacias, sutilezas y un poco de astucia, Tocha seguía encontrando los vacios, aguardando pacientemente. Nadie más entraba en la roda, no porque no se pudiera, en realidad todos los demás estaban concentrados en observar. Los coros se escuchaban cada vez más fuerte, la música sonaba más alto y la velocidad e intensidad continuaban ascendiendo. Las patadas pasaban tan cerca de los rostros, que parecían rozarse a cada momento, pero nunca llegaban a hacer contacto. El jogo cambiaba constantemente, ahora por arriba, luego por abajo. Movimientos instintivos, reacciones espontaneas deslumbraban a quienes mirábamos. Galo no se cansaba y Tocha mantenía el ritmo, ninguno parecía estar dispuesto a detenerse.
Fue Galo quien se equivocó. Confiado en la velocidad de sus patadas y en su elongación, lanzó un martelo demasiado alto, pero poco efectivo. El recorrido circular de la patada, permitía un momento para reaccionar y Tocha lo aprovechó. Sin dudar un segundo esquivó y atacó en el mismo movimiento, la altura de la patada le daba libertad para acercarse lo suficiente para barrer la otra pierna. Galo cayó limpiamente. La roda se exaltó por un momento y se intensificó el Axé que había en el aire. Tocha extendió su mano sonriendo como era habitual pero Galo hizo algo que nadie se esperaba, se levantó y golpeó de lleno con el puño cerrado en la cara de Tocha. La roda terminó.
Mi profesor, luego de este incidente, detuvo la roda. Tocha no respondió a la agresión. Dejo de sonreír y lo miró por un segundo y salió. Galo fue invitado a retirarse y no volver nunca más. Esa fue la última vez que lo vimos. Ese día entendí una frase que me habían dicho, “Uno no deja a la Capoeira, es la Capoeira la que lo deja a uno…” Galo no dejó ese día a la Capoeira. Supimos que entrenó en otros grupos, pero al tiempo abandono sus intentos definitivamente. Fue la Capoeira quien lo dejó, a pesar de que él no lo entendiera nunca así.
Tocha sigue jogando. Se decidió finalmente y comenzó a dar clases, ya no usa los lentecitos de los sábados, y el collar que se había comprado en Plaza Francia me lo regaló a mí. Yo no digo que tiene un pasado arraigado a algún Mestre de Brasil, pero puede que alguna vez, haya contado alguna de las historias que ese collar vivió. ¿Qué puedo decirles…? No sé cómo es que toda esa Cháchara funciona, pero realmente lo hace. Y la Roda continúa.