Convengamos que 15 días es poco.
Si le restamos 12, tan solo nos queda un fin de largo, como mucho. Pero eso
tenía para ir a Mar del Plata y regresar. Le había prometido a una amiga que
iba a volver cambiado de este pequeño viaje. Era algo que sentía, aunque
pareciera una de esas excusas auto-impuestas que uno dice. Con esa promesa a
cuestas, pero con la sonrisa del fin del día laboral, arrancaban mis “vacaciones de verano”.
Jueves por la noche en Buenos
Aires y la mística calurosa de enero invita
a salir a pasear en bermudas, alumbrado por los destellos de los incontables
carteles que nunca se apagan, convirtiendo a la ciudad en un eterno 24 hrs. Con
ese clima en el cuerpo, junto a Carlos partíamos rumbo a Mar del Plata. O Mardelplata.
Como te lo dice él, que siempre va apurado. Es que le gusta la velocidad, tanto
que a Mardelplata llegamos en 4 horas, parando escasamente 5 minutos entre hora
y hora. Carlos es así, se entiende con su moto. Tiene una relación especial ella.
Y, a decir verdad cada moto que tuvo, desde que lo conozco, ha representado la
relación más estable y duradera, hasta que fueron reemplazadas por algún nuevo
modelo. Es que él se cansa rápido, porque va a otro ritmo, siempre acelerado.
Una dulce Atalaya en el cielo
iluminaba el camino acompañándonos, deslizándose tímidamente, sobre el viejo
mantel negro, donde parecía estar suspendida. Infinitas migajas brillaban
esparcidas por todos lados, pero apenas permitían que la noche se iluminara. La
oscuridad era casi absoluta y atrapante, los pensamientos y las reflexiones
parecían perderse en su profundidad. La ansiedad dominaba la noche. Poco a
poco, las rutas se convirtieron en calles y las luces reaparecieron. La postal
imaginaria empezaba a jugar con la idea de transformarse en la foto de un
recuerdo único.
Llegando a Mar del Plata el aire
de la noche se tornó refrescante, parecía que la naturaleza nos premiaba por
haber completado nuestro viaje. Mauro estaba pasando la semana con Rafa. No fue
difícil encontrarlos. Carlos tiene un GPS Intuitivo. Él sabe llegar, y no sabes
como... pero él... Sabe. Nuestros amigos estaban con unas chicas, yendo para un
barcito. Nos encontramos en la puerta del departamento, en una de esas
casualidades de vacaciones. Intercambiamos saludos rápidos, pero efusivos, y
nos dejaron las llaves, para que dejáramos todo y los alcanzáramos. Mauro nos
explicó donde iban a estar y con las capacidades de Carlos encontraríamos el
lugar. Carlos se dirigió al garaje a
dejar la moto y yo me encargué de guardar el resto de las cosas. Me detuve a
pensar que en ese instante, tan solo importaba estar en el lugar adecuado. La
Atalaya en el cielo aguardaba, expectante. La miré, intentando trasmitir que
consideraba que ese era el lugar que necesitaba. Luego, riéndome de mis
pensamientos, me di medía vuelta y entré cargando los bolsos.
Rápida ojeada al departamento,
que apenas alcanzó para dejar el equipaje y una refrescada. Ya habría tiempo
para inspecciones. O quizás no.
De vuelta a las calles, el GPS Intuitivo
se activó y rápidamente encontró la zona transitada, la calle Alem, donde la
música luchaba incansablemente por ser escuchada, pero se perdía en el bullicio
simpático y atontado de la juventud, siempre desafiante y esperando la próxima
aventura.
El humo está implícito en este
tipo de transacciones nocturnas y se descuenta de la entrada del barcito de
turno. No hay plan médico que rinda para estos negocios, pero son muchos los
interesados y la diversión nocturna siempre tiene demanda. Y rinde para todos
los gustos. Música y estilos se mezclan, sazonados con lo que cada uno toma,
descontrolándose bajo el bullicio confundido, constante y aturdidor. Esquivando
la calma a toda costa, las luces multicolores completan los vacios. Los temas
de charla no tienen fin y las posibilidades y casualidades se posan en cada
encuentro. Para variar, nosotros tuvimos una noche que terminando temprano nos
dejo con ganas de más. Volvimos al departamento, pero en el camino, justo en
ese momento en el que el sol sale a trabajar, decidí bajar hasta la playa.
Mauro me facilito un juego de llaves y se fue a dormir con los demás.
La caminata hasta la playa fue
corta pero enriquedecedora, me permitió encontrar los lugares que necesitaba
conocer para sobrevivir, como la panadería más cercana y el supermercado con
complejo de maxi kiosco y pelotas playeras incluidas, tan característico de la
costa.
Para mí, cada visita al mar
es reencontrarse con un viejo amigo, de
esos con los que la relación siempre está intacta, sin importar cuánto tiempo
pase. Sus humores son distintos, y el clima marca los rasgos de su
personalidad. A esa hora de la mañana, siendo mi llegada algo inesperada...
apenas despertaba para darme la bienvenida. El sol madrugaba con nosotros, el
día comenzaba y dos amigos volvían a reencontrarse. Sería un encuentro breve,
pero intenso. Con eso en mente, me fui a la cama.
En el primer día oficial de
playa, después de un almuerzo con sabor a desayuno, fuimos a dar una caminata
con Mauro. Él es un fanático de las teorías sociales, sus experimentos al
respecto son constantes y los desarrolla en sus ámbitos de vida. Los lugares de
concurrencia nocturna son sus predilectos. Mauro, es psicólogo y a pesar de que
no exista ninguna rama que se ajuste al enfoque que le da a las cosas, lo dice de tal manera y basándose en
fundamentos tan arraigados y de manera tan segura, que es imposible no comprar lo
que está explicando, sin importar si esto se trata de regateo en la barra por
el precio de un trago o una profunda charla sobre la falta en el ser y lo que
representa. Mauro tenía una teoría nueva. El título provisorio era “Circulo de
la confianza”. Proponía lo siguiente: Formar un grupo de personas con un
objetivo personal e individual, pero aplicando una misma lógica para cumplir
con él mismo. Las ventajas consisten en que cada individuo cuenta con el apoyo
del grupo para alcanzarlo, aportando recursos, ideas, métodos o lo que sea
necesario. El objetivo a alcanzar debe ser una actitud propia que se quiera
cambiar o modificar. El resto del grupo acepta o no, de acuerdo a lo que
entendieran como necesario para el mejoramiento. Luego de esto, se estipula un
tiempo para que dicha persona realice el cambio. Esa era su teoría.
Aplicada a la realidad está
teoría puede funcionar como excusa o manera de encarar a alguna chica, sin
temor alguno. Hay otras personas que no sienten esas inseguridades y no
necesitan de métodos. También están aquellos que las ofertas le llegan sin
esfuerzo por los más variados motivos. Y está, siempre un poco más rezagado, el
grupo de esos que no sabe que decir. Siempre fui un poquito de estos últimos.
Tuve más suerte que buen discurso, y por eso, estaba decidido a cambiarlo. Apropiándome
de los términos del Licenciado, la “apertura social” comenzaba.
Rafa era participe de la teoría y
tenía su objetivo definido, por eso sugirió salir y conseguir no menos de 5
rebotes cada uno. La idea era concentrarse en esa parte de la interacción y
obviar el posible rechazo. Tomó la iniciativa inaugurando el marcador, de
camino a la calle Alem. Ante cada grupo de chicas que veíamos esperando algún
taxi o colectivo, detenía el auto y les ofrecía educadamente un servicio
personalizado de transporte, sin vacilar un segundo. Así fue como arranco estando
2 tantos arriba de nosotros. Lo hacía ver como un juego, algo relajado y natural
en él. Rafa tenía esa capacidad de agradar, caer simpático en cualquier
situación o lugar. Y, consciente o no de eso, se manejaba con una tranquilidad
que digiera lo que digiera, siempre parecía ser lo correcto. Era un líder Nato.
Nos instalamos en un bar llamado
“The Roxy”. Hello, I love you le
restaba importancia al asunto, pero mi mente trabajaba. Tenía una sensación
extraña, percibía una idea, pero no podía aun definirla. Esa noche haría algo
al respecto. Disfrutaba del ingenio de Rafa, la tranquilidad de Mauro y a
Carlos, siempre dispuesto, pero también pensaba que podría decir yo y si me
animaría a hacerlo.
Dos chicas en la esquina de la
barra charlaban distraídas cerca de nosotros. Mis amigos no se habían percatado
de ellas. En el momento que Rafa ir a dar una vuelta por el bar, supe que
debía hacer. Caminamos, y quedé a lo último avisándole con un gesto a Carlos
que me retrasaba, que estuviera atento. Carlos comprendió y siguió caminando.
Me acerqué con mucha timidez y las
palabras iniciales fueron: “Perdón que las interrumpa, pero... ¿les gustaría
formal parte de un experimento social?”. Sorpresivamente, ambas contestaron con
una sonrisa en el rostro diciendo que sí. Comencé a explicarles de que iba la
cosa, les resumí la teoría de un amigo psicólogo, de mejorar una actitud y cuál
era la que yo había elegido. Una de las chicas me dijo que no creía que fuera
necesario que la mejorara, ya que no parecía que tuviera algún problema. Me
contaron que eran de Chile, aunque una de ellas era de Argentina, pero vivía
allá hace años. No culpo a la suerte, ni tampoco al destino en que estas chicas
fueran de Chile, país en el que residí casi 5 años y tampoco me queda muy en claro
a quien agradecer por estas casualidades que se nos cruzan, pero debo decir que
la excusa fue Santiago de Chile, yo conocía y podía hablar, preguntar al
respecto. De repente tenía dos chicas que estaban encantadas de formar una
experiencia social. Se reían, preguntaban y querían saber de todo. Carlos vino
a buscarme, les agradecí a las chicas y me preguntaron si continuaríamos
después el experimento, expectantes. Diez dígitos nuevos relucían en mi
celular, casi sin mi consentimiento, y media llamada hecha por una de ellas
completaba la transacción. Ambas me sonrieron mientras Carlos me arrastraba
entre la gente.
Las piernas me temblaban, de
verdad. No podía creer lo que había sucedido. Una simple charla, significaba
mucho para mí. Les conté a los chicos de la experiencia, y con 4 tequilas en la
barra brindamos, y la noche continuó. No llegué a los 5 rebotes, pero no volví
a intentarlo, ya había sido suficiente. Mi ritmo era ese. Como decía el
Licenciado “Morir jugando tú futbol”.
Por la mañana del sábado fuimos a
un recital en una playa cerca del faro. Con el auto en la arena, el Rock
nacional se mezcló con un poco de Reggae y los juegos de moto de Carlos, en las
dunas más alejadas y vacias. Esperó todo el findesemana para poder meterse en
la playa y disfrutaba como un nene con bici nueva.
Cuando volvíamos agotados al departamento del
parador nos detuvimos justo antes de tomar la ruta de regreso. Una chica se nos
acercó y nos rogó que la alcanzáramos a ella y sus amigas. Acompañada de otra
amiga, nos informó que eran 6 en total. Carlos se había ido en la moto hasta el
depto. Asique en el auto éramos 3. Era poco probable que entraran 9 personas en
el auto de Rafa, pero al mirar con detenimiento a la segunda chica, la
reconocí. Se llamaba Julieta y habíamos compartido un escenario, en un show de
acrobacias. Ella me había hablado un par de veces fuera de los ensayos, y
quedamos en contacto, para hacer algo juntos. Estuvimos muy cerca de salir a
tomar algo, pero en ese momento yo estaba conociendo a alguien y tenía miedo de
mezclar las cosas. Con el paso del tiempo nos distanciamos. Aunque la conocía,
era una completa desconocida. Sorprendida como yo, por no decir que tardó un
poco en recordarme, al decir su nombre me saludó y la situación cambió. Era un
papelón no alcanzarlas.
Mauro y Rafa lidiaron con dos
chicas adelante, y yo tuve que arreglarme con cuatro atrás. Julieta, por ser el
nexo comunicativo en esta extraña degeneración del Tetris, quedo sentada arriba
mío, en posición exacta para que la charla se dispusiera. Nos actualizamos y preguntamos
las cuestiones de rigor, pasamos a las fechas de llegada y de partida en un
santiamén. El rumbo de nuestro viaje seguía incierto, dirigido ya por las 2
chicas de adelante, aparentemente conocedora del camino. Julieta me contó sus
planes para la noche. Había algo en cómo
me decía las cosas que me intrigaba, no parecía decírmelas del todo en serio,
pero no podía decir que fuera una broma. En algún momento alguna de las otras
piezas del Tetris decidió que habíamos llegado. Nos detuvimos y casi todas las
chicas salieron de manera delicada pero apresurada del auto. Julieta se tomó su
tiempo. La miré y tan solo pude sacar mi celular. Con eso fue suficiente, ella
interpretó el gesto y la sonrisa selló el tácito acuerdo. Nos despedimos, con
muchos abrazos de por medio. No nos veríamos esa noche, pero el resto del año los dos vivíamos en Buenos Aires.
El mar es algo que siempre me
ayudó. El silencio que se escucha en una playa de noche, parece respirar conmigo.
El simple acto de detenerse a observar todo cuando nos rodea y conectar con
cada pequeño detalle nos da el tiempo suficiente para escuchar nuestra voz, que
mal acostumbrada al ruido de la ciudad, tan solo es audible cuando nos
permitimos escapar. Parece que un interruptor se apagara cuando entramos a una
playa de noche. Si miramos para atrás en una ciudad como Mar del plata, a lo
lejos se escuchará su rugido, con sus luces y su eternidad. Y al dar la vuelta,
todo cambia, se apagan todos los brillos artificiales, y la imagen real nos
inunda. La calma, el aire distinto que se respira alcanza. Las luces
desaparecen y la Atalaya ríe de su reflejo danzante, ajena a nuestras
reflexiones y despedidas.
Volvimos en el auto de Rafa,
Carlos se quedaba unos días más, en lo de unos amigos. El regreso tuvo muchos
silencios cansados, acompañados con
buena música y espontaneas charlas. Rafa aprovechó para instruir musicalmente a
Mauro, algo que él le había pedido. A pesar de los extensos conocimientos del
Licenciado en el análisis psicológico, se reconocía amateur en los géneros
musicales y a muchos grandes músicos, tan solo los conocía por sus nombres. La
música sonaba gracias a un pendrive que Rafa siempre tenía a mano, y mauro
aprovechó a bajar la mayoría de los discos en su notebook.
Al llegar a Buenos Aires, Rafa
nos dejó en Liniers, En la entrada del edificio de Mauro y se despidió, ya que
tenía que encontrarse con una chica que lo esperaba por su regreso.
Desde el asfalto surgía el denso calor
de la ciudad. Estaba cargado de un aroma que nos recordaba que a partir de
ahora, los días de la semana eran importantes. El domingo regresaba a su
condición de final de la semana, y de nuestro viaje. En el trayecto hasta mi
casa, ya cansados y con ganas de una ducha reparadora, debatimos que el fin de
semana, parecía mucho más extenso de lo que en realidad había sido. Lo
recordaríamos por mucho tiempo como especial. Los ojos del Licenciado
brillaron, una nueva teoría comenzaba a germinar. Basándose en un inexacto cálculo
de cumpleaños, fiestas patrias y demás feriados comerciales, aventuró la
conclusión de que una escandalosa cantidad de días del año, pasan
desapercibidos y son desaprovechados. Son uno más en el calendario o en la
clásica rutina. Con esto en mente, proponía el trato personalizado, haciendo de
cada día algo especial, a fin de lograr conquistar mayores días memorables.
Sumergidos en esa charla llegamos a mi casa, el bolso en mano y un saludo breve
marcó el autentico final. Antes de desaparecer por la esquina, Mauro me gritó
desde el auto “Nos vemos el viernes a la noche, en la próxima sesión!”.