jueves, 1 de septiembre de 2011

“15x3: Teoría y Práctica”


 Convengamos que 15 días es poco. Si le restamos 12, tan solo nos queda un fin de largo, como mucho. Pero eso tenía para ir a Mar del Plata y regresar. Le había prometido a una amiga que iba a volver cambiado de este pequeño viaje. Era algo que sentía, aunque pareciera una de esas excusas auto-impuestas que uno dice. Con esa promesa a cuestas, pero con la sonrisa del fin del día laboral, arrancaban mis  “vacaciones de verano”.

Jueves por la noche en Buenos Aires y la mística calurosa de  enero invita a salir a pasear en bermudas, alumbrado por los destellos de los incontables carteles que nunca se apagan, convirtiendo a la ciudad en un eterno 24 hrs. Con ese clima en el cuerpo, junto a Carlos partíamos rumbo a Mar del Plata. O Mardelplata. Como te lo dice él, que siempre va apurado. Es que le gusta la velocidad, tanto que a Mardelplata llegamos en 4 horas, parando escasamente 5 minutos entre hora y hora. Carlos es así, se entiende con su moto. Tiene una relación especial ella. Y, a decir verdad cada moto que tuvo, desde que lo conozco, ha representado la relación más estable y duradera, hasta que fueron reemplazadas por algún nuevo modelo. Es que él se cansa rápido, porque va a otro ritmo, siempre acelerado.

Una dulce Atalaya en el cielo iluminaba el camino acompañándonos, deslizándose tímidamente, sobre el viejo mantel negro, donde parecía estar suspendida. Infinitas migajas brillaban esparcidas por todos lados, pero apenas permitían que la noche se iluminara. La oscuridad era casi absoluta y atrapante, los pensamientos y las reflexiones parecían perderse en su profundidad. La ansiedad dominaba la noche. Poco a poco, las rutas se convirtieron en calles y las luces reaparecieron. La postal imaginaria empezaba a jugar con la idea de transformarse en la foto de un recuerdo único.

Llegando a Mar del Plata el aire de la noche se tornó refrescante, parecía que la naturaleza nos premiaba por haber completado nuestro viaje. Mauro estaba pasando la semana con Rafa. No fue difícil encontrarlos. Carlos tiene un GPS Intuitivo. Él sabe llegar, y no sabes como... pero él... Sabe. Nuestros amigos estaban con unas chicas, yendo para un barcito. Nos encontramos en la puerta del departamento, en una de esas casualidades de vacaciones. Intercambiamos saludos rápidos, pero efusivos, y nos dejaron las llaves, para que dejáramos todo y los alcanzáramos. Mauro nos explicó donde iban a estar y con las capacidades de Carlos encontraríamos el lugar.   Carlos se dirigió al garaje a dejar la moto y yo me encargué de guardar el resto de las cosas. Me detuve a pensar que en ese instante, tan solo importaba estar en el lugar adecuado. La Atalaya en el cielo aguardaba, expectante. La miré, intentando trasmitir que consideraba que ese era el lugar que necesitaba. Luego, riéndome de mis pensamientos, me di medía vuelta y entré cargando los bolsos.

Rápida ojeada al departamento, que apenas alcanzó para dejar el equipaje y una refrescada. Ya habría tiempo para inspecciones. O quizás no.

De vuelta a las calles, el GPS Intuitivo se activó y rápidamente encontró la zona transitada, la calle Alem, donde la música luchaba incansablemente por ser escuchada, pero se perdía en el bullicio simpático y atontado de la juventud, siempre desafiante y esperando la próxima aventura.


El humo está implícito en este tipo de transacciones nocturnas y se descuenta de la entrada del barcito de turno. No hay plan médico que rinda para estos negocios, pero son muchos los interesados y la diversión nocturna siempre tiene demanda. Y rinde para todos los gustos. Música y estilos se mezclan, sazonados con lo que cada uno toma, descontrolándose bajo el bullicio confundido, constante y aturdidor. Esquivando la calma a toda costa, las luces multicolores completan los vacios. Los temas de charla no tienen fin y las posibilidades y casualidades se posan en cada encuentro. Para variar, nosotros tuvimos una noche que terminando temprano nos dejo con ganas de más. Volvimos al departamento, pero en el camino, justo en ese momento en el que el sol sale a trabajar, decidí bajar hasta la playa. Mauro me facilito un juego de llaves y se fue a dormir con los demás.

La caminata hasta la playa fue corta pero enriquedecedora, me permitió encontrar los lugares que necesitaba conocer para sobrevivir, como la panadería más cercana y el supermercado con complejo de maxi kiosco y pelotas playeras incluidas, tan característico de la costa.

Para mí, cada visita al mar es  reencontrarse con un viejo amigo, de esos con los que la relación siempre está intacta, sin importar cuánto tiempo pase. Sus humores son distintos, y el clima marca los rasgos de su personalidad. A esa hora de la mañana, siendo mi llegada algo inesperada... apenas despertaba para darme la bienvenida. El sol madrugaba con nosotros, el día comenzaba y dos amigos volvían a reencontrarse. Sería un encuentro breve, pero intenso. Con eso en mente, me fui a la cama. 

En el primer día oficial de playa, después de un almuerzo con sabor a desayuno, fuimos a dar una caminata con Mauro. Él es un fanático de las teorías sociales, sus experimentos al respecto son constantes y los desarrolla en sus ámbitos de vida. Los lugares de concurrencia nocturna son sus predilectos. Mauro, es psicólogo y a pesar de que no exista ninguna rama que se ajuste al enfoque que le da a las cosas,  lo dice de tal manera y basándose en fundamentos tan arraigados y de manera tan segura, que es imposible no comprar lo que está explicando, sin importar si esto se trata de regateo en la barra por el precio de un trago o una profunda charla sobre la falta en el ser y lo que representa. Mauro tenía una teoría nueva. El título provisorio era “Circulo de la confianza”. Proponía lo siguiente: Formar un grupo de personas con un objetivo personal e individual, pero aplicando una misma lógica para cumplir con él mismo. Las ventajas consisten en que cada individuo cuenta con el apoyo del grupo para alcanzarlo, aportando recursos, ideas, métodos o lo que sea necesario. El objetivo a alcanzar debe ser una actitud propia que se quiera cambiar o modificar. El resto del grupo acepta o no, de acuerdo a lo que entendieran como necesario para el mejoramiento. Luego de esto, se estipula un tiempo para que dicha persona realice el cambio. Esa era su teoría.

Aplicada a la realidad está teoría puede funcionar como excusa o manera de encarar a alguna chica, sin temor alguno. Hay otras personas que no sienten esas inseguridades y no necesitan de métodos. También están aquellos que las ofertas le llegan sin esfuerzo por los más variados motivos. Y está, siempre un poco más rezagado, el grupo de esos que no sabe que decir. Siempre fui un poquito de estos últimos. Tuve más suerte que buen discurso, y por eso, estaba decidido a cambiarlo. Apropiándome de los términos del Licenciado, la “apertura social” comenzaba.


Rafa era participe de la teoría y tenía su objetivo definido, por eso sugirió salir y conseguir no menos de 5 rebotes cada uno. La idea era concentrarse en esa parte de la interacción y obviar el posible rechazo. Tomó la iniciativa inaugurando el marcador, de camino a la calle Alem. Ante cada grupo de chicas que veíamos esperando algún taxi o colectivo, detenía el auto y les ofrecía educadamente un servicio personalizado de transporte, sin vacilar un segundo. Así fue como arranco estando 2 tantos arriba de nosotros. Lo hacía ver como un juego, algo relajado y natural en él. Rafa tenía esa capacidad de agradar, caer simpático en cualquier situación o lugar. Y, consciente o no de eso, se manejaba con una tranquilidad que digiera lo que digiera, siempre parecía ser lo correcto. Era un líder Nato.

Nos instalamos en un bar llamado “The Roxy”. Hello, I love you le restaba importancia al asunto, pero mi mente trabajaba. Tenía una sensación extraña, percibía una idea, pero no podía aun definirla. Esa noche haría algo al respecto. Disfrutaba del ingenio de Rafa, la tranquilidad de Mauro y a Carlos, siempre dispuesto, pero también pensaba que podría decir yo y si me animaría a hacerlo.

Dos chicas en la esquina de la barra charlaban distraídas cerca de nosotros. Mis amigos no se habían percatado de ellas. En el  momento que Rafa  ir a dar una vuelta por el bar, supe que debía hacer. Caminamos, y quedé a lo último avisándole con un gesto a Carlos que me retrasaba, que estuviera atento. Carlos comprendió y siguió caminando.

Me acerqué con mucha timidez y las palabras iniciales fueron: “Perdón que las interrumpa, pero... ¿les gustaría formal parte de un experimento social?”. Sorpresivamente, ambas contestaron con una sonrisa en el rostro diciendo que sí. Comencé a explicarles de que iba la cosa, les resumí la teoría de un amigo psicólogo, de mejorar una actitud y cuál era la que yo había elegido. Una de las chicas me dijo que no creía que fuera necesario que la mejorara, ya que no parecía que tuviera algún problema. Me contaron que eran de Chile, aunque una de ellas era de Argentina, pero vivía allá hace años. No culpo a la suerte, ni tampoco al destino en que estas chicas fueran de Chile, país en el que residí casi 5 años y tampoco me queda muy en claro a quien agradecer por estas casualidades que se nos cruzan, pero debo decir que la excusa fue Santiago de Chile, yo conocía y podía hablar, preguntar al respecto. De repente tenía dos chicas que estaban encantadas de formar una experiencia social. Se reían, preguntaban y querían saber de todo. Carlos vino a buscarme, les agradecí a las chicas y me preguntaron si continuaríamos después el experimento, expectantes. Diez dígitos nuevos relucían en mi celular, casi sin mi consentimiento, y media llamada hecha por una de ellas completaba la transacción. Ambas me sonrieron mientras Carlos me arrastraba entre la gente.
Las piernas me temblaban, de verdad. No podía creer lo que había sucedido. Una simple charla, significaba mucho para mí. Les conté a los chicos de la experiencia, y con 4 tequilas en la barra brindamos, y la noche continuó. No llegué a los 5 rebotes, pero no volví a intentarlo, ya había sido suficiente. Mi ritmo era ese. Como decía el Licenciado “Morir jugando tú futbol”.

Por la mañana del sábado fuimos a un recital en una playa cerca del faro. Con el auto en la arena, el Rock nacional se mezcló con un poco de Reggae y los juegos de moto de Carlos, en las dunas más alejadas y vacias. Esperó todo el findesemana para poder meterse en la playa y disfrutaba como un nene con bici nueva.
 Cuando volvíamos agotados al departamento del parador nos detuvimos justo antes de tomar la ruta de regreso. Una chica se nos acercó y nos rogó que la alcanzáramos a ella y sus amigas. Acompañada de otra amiga, nos informó que eran 6 en total. Carlos se había ido en la moto hasta el depto. Asique en el auto éramos 3. Era poco probable que entraran 9 personas en el auto de Rafa, pero al mirar con detenimiento a la segunda chica, la reconocí. Se llamaba Julieta y habíamos compartido un escenario, en un show de acrobacias. Ella me había hablado un par de veces fuera de los ensayos, y quedamos en contacto, para hacer algo juntos. Estuvimos muy cerca de salir a tomar algo, pero en ese momento yo estaba conociendo a alguien y tenía miedo de mezclar las cosas. Con el paso del tiempo nos distanciamos. Aunque la conocía, era una completa desconocida. Sorprendida como yo, por no decir que tardó un poco en recordarme, al decir su nombre me saludó y la situación cambió. Era un papelón no alcanzarlas.

Mauro y Rafa lidiaron con dos chicas adelante, y yo tuve que arreglarme con cuatro atrás. Julieta, por ser el nexo comunicativo en esta extraña degeneración del Tetris, quedo sentada arriba mío, en posición exacta para que la charla se dispusiera. Nos actualizamos y preguntamos las cuestiones de rigor, pasamos a las fechas de llegada y de partida en un santiamén. El rumbo de nuestro viaje seguía incierto, dirigido ya por las 2 chicas de adelante, aparentemente conocedora del camino. Julieta me contó sus planes para la noche.  Había algo en cómo me decía las cosas que me intrigaba, no parecía decírmelas del todo en serio, pero no podía decir que fuera una broma. En algún momento alguna de las otras piezas del Tetris decidió que habíamos llegado. Nos detuvimos y casi todas las chicas salieron de manera delicada pero apresurada del auto. Julieta se tomó su tiempo. La miré y tan solo pude sacar mi celular. Con eso fue suficiente, ella interpretó el gesto y la sonrisa selló el tácito acuerdo. Nos despedimos, con muchos abrazos de por medio. No nos veríamos esa noche, pero  el resto del año los dos vivíamos en Buenos Aires.

El mar es algo que siempre me ayudó. El silencio que se escucha en una playa de noche, parece respirar conmigo. El simple acto de detenerse a observar todo cuando nos rodea y conectar con cada pequeño detalle nos da el tiempo suficiente para escuchar nuestra voz, que mal acostumbrada al ruido de la ciudad, tan solo es audible cuando nos permitimos escapar. Parece que un interruptor se apagara cuando entramos a una playa de noche. Si miramos para atrás en una ciudad como Mar del plata, a lo lejos se escuchará su rugido, con sus luces y su eternidad. Y al dar la vuelta, todo cambia, se apagan todos los brillos artificiales, y la imagen real nos inunda. La calma, el aire distinto que se respira alcanza. Las luces desaparecen y la Atalaya ríe de su reflejo danzante, ajena a nuestras reflexiones y despedidas.

Volvimos en el auto de Rafa, Carlos se quedaba unos días más, en lo de unos amigos. El regreso tuvo muchos silencios cansados,  acompañados con buena música y espontaneas charlas. Rafa aprovechó para instruir musicalmente a Mauro, algo que él le había pedido. A pesar de los extensos conocimientos del Licenciado en el análisis psicológico, se reconocía amateur en los géneros musicales y a muchos grandes músicos, tan solo los conocía por sus nombres. La música sonaba gracias a un pendrive que Rafa siempre tenía a mano, y mauro aprovechó a bajar la mayoría de los discos en su notebook.
 
Al llegar a Buenos Aires, Rafa nos dejó en Liniers, En la entrada del edificio de Mauro y se despidió, ya que tenía que encontrarse con una chica que lo esperaba por su regreso.

Desde el asfalto surgía el denso calor de la ciudad. Estaba cargado de un aroma que nos recordaba que a partir de ahora, los días de la semana eran importantes. El domingo regresaba a su condición de final de la semana, y de nuestro viaje. En el trayecto hasta mi casa, ya cansados y con ganas de una ducha reparadora, debatimos que el fin de semana, parecía mucho más extenso de lo que en realidad había sido. Lo recordaríamos por mucho tiempo como especial. Los ojos del Licenciado brillaron, una nueva teoría comenzaba a germinar. Basándose en un inexacto cálculo de cumpleaños, fiestas patrias y demás feriados comerciales, aventuró la conclusión de que una escandalosa cantidad de días del año, pasan desapercibidos y son desaprovechados. Son uno más en el calendario o en la clásica rutina. Con esto en mente, proponía el trato personalizado, haciendo de cada día algo especial, a fin de lograr conquistar mayores días memorables. Sumergidos en esa charla llegamos a mi casa, el bolso en mano y un saludo breve marcó el autentico final. Antes de desaparecer por la esquina, Mauro me gritó desde el auto “Nos vemos el viernes a la noche, en la próxima sesión!”.


jueves, 18 de agosto de 2011

Tocha.

Tocha, le pusimos. Tenía un mechón rojo que resaltaba en la espesa mata que era su despeinado negro pelo. Un Mestre, venido de Brasil, no cesaba de referirse a él como Tocha, Tocha. ¡Antorcha! Eso quería decir. Y así se ganó su apelido de la Capoeira. Venia de otro grupo y había practicado con Jabalí, un negro brasilero que vivía con una cuarentona de Palermo. Jabalí viajó a Perú por una oferta para enseñar allá, dejando a su cuarentona de turno y a sus alumnos. Así resumía Tocha su historia con la Capoeira. Y así la había escuchado tantas veces yo, en distintos boliches, luego de alguna exhibición. Porque esa era su línea de entradas preferida. La historia de su apodo, que dejaba de ser Apelido cuando no estábamos en Capoeira, se convirtió rápidamente en una manera de resumir lo que hacía. Para que las chicas entendieran, arrancaba por el lado del Axé, mal llamado Brasilero, devenido en el Onda onda y Baila manteca, manteca. Les decía que hacia algo parecido, que conocía un par de negros y que el collar que tenía, comprando en Plaza Francia, se lo había regalado un Mestre o Maestro, como solía aclararles, para presumir de su portugués. Nunca entendí como toda esa cháchara funcionaba, pero realmente, lo hacía. Ellas se interesaban, terminaban pidiéndole de ir a verlo a alguna Roda, cancheras ya en el vocabulario de la Capoeira. Así Tocha encendía la noche.

Pero Tocha era el personaje. El que salía en los boliches, pero también era aquél que aparecía en las Rodas. Ahí se mezclaba con la Capoeira, y los rasgos de su personalidad se reflejaban en su jogo. Los movimientos cobraban otra forma y dejaban de ser simples repeticiones, los integraba creando así de manera inconsciente un estilo particular, diferenciándolo. Las acrobacias se mezclaban y el fluido ir y venir tan característico de la Capoeira, aparecía. Una función de teatro comenzaba con su jogo. Cada expresión, cada movimiento y amague contaba. Se adaptaba al otro jogador, descubría sus mañas y se divertía a costa de eso. Tocha molestaba, encontraba los vacíos y disfrutaba, casi quemando el piso, con alguna rastreira desorientando a todos y haciendo caer sin remedio al oponente. Pero ahí no terminaba la función, seguido de eso te ofrecía la mano y sonreía. Todo era un juego y no había maldad, pero si mandinga. Y la roda volvía a comenzar.

Galo debía su apelido a la cresta que llevaba cuando comenzó a hacer Capoeira. Tenía una capacidad extraordinaria para asimilar los movimientos y avanzó muchísimo en muy poco tiempo. Solía buscar siempre jogar con los más avanzados, como si quisiera demostrar constantemente que él estaba a su altura. Su facilidad para aprender y su flexibilidad natural, le permitía mantener el ritmo intenso y rápidamente formó un estilo de jogo fuerte. Físicamente, era un excelente jogador de Capoeira, pero había algo que escapaba a su comprensión. Axé, además de ser un desodorante, significa energía. Para obtener este Axé, es necesario dar algo a cambio, nuestra propia energía. Es un intercambio que se da de manera inconsciente, pero que es generado por el conjunto de personas. Hasta el más fuerte cae por el Axé si no es capaz de comprenderlo, de ceder un poco, permitiendo el intercambio. La sensación es casi imperceptible. Es ese combustible que te permite seguir entrando, a pesar de que ya no das más, porque lo que sucede adentro, te llama y hace que olvides el cansancio. Es esa sensación de vacío, de cansancio inmediato cuando no logra generarse. Y que demuestra que no importa si son muchos o pocos los que jogan, sino de lo que cada uno cede y cuanto aporta para que la Roda crezca.
Galo nunca pudo entender eso. El no cedía nunca, se imponía porque esa era su forma de ser. No eludía, iba al choque constantemente. Fue de esta manera que se encontró con Tocha. Fue la última vez que jogaron donde todo cambió. Galo llevaba ya 2 años en el grupo. El ambiente estaba especialmente cargado de Axé. Ese día nos juntábamos en el gimnasio donde entrenábamos siempre, que a causa de unas remodelaciones, había permanecido cerrado durante un mes. Eran muchas las ganas de jogar, el São Bento que interpretaba el Berimbau invitaba alegremente. La roda estaba pronta por comenzar.
Estas introducciones antes del jogo se daban de manera espontanea. Alguien, comenzaba a jugar con algún berimbau, otro lo seguía con el pandeiro, y el Atabaque pronto comenzaba a retumbar. El ritmo aceleraba los latidos. Alguno comenzaba una canción y las lembranças del pasado llegaban desde todas partes del gimnasio, ya que mientras cada uno entraba en calor y elongaba, repetía sin darse cuenta el coro. Los que no estaban elongando se acercaban y aportaban palmas o intercambiaban los instrumentos.

Tocha llegó tarde ese día, como de costumbre. Era sábado, 3 de la tarde. Él se presentaba con lentecitos oscuros, que escondían alguna resaca. La imagen era repetida y ya acostumbrada, pero duraba tan solo unos instantes. Entraba al vestuario y salía distinto. El uniforme, siempre impecable, producía el efecto. Bastaba que un Berimbau llegara a sus manos para que el cambio fuera completo. Y allí se metía a zapar con los demás instrumentos, a desbordar los coros y aportar color a cada canción y luego, la roda comenzaba. Siempre parecía que lo estábamos esperando.

Cuando comenzaron a jogar, Galo se mostró desafiante yendo constantemente al ataque, buscando el choque con cada uno de sus movimientos. A pesar de eso Tocha se movía con fluidez, sonriendo constantemente. Parecía que no se tomara en serio los ataques y la facilidad con la que los esquivaba tan solo servía para que Galo siguiera intentando. Entre acrobacias, sutilezas y un poco de astucia, Tocha seguía encontrando los vacios, aguardando pacientemente. Nadie más entraba en la roda, no porque no se pudiera, en realidad todos los demás estaban concentrados en observar. Los coros se escuchaban cada vez más fuerte, la música sonaba más alto y la velocidad e intensidad continuaban ascendiendo. Las patadas pasaban tan cerca de los rostros, que parecían rozarse a cada momento, pero nunca llegaban a hacer contacto. El jogo cambiaba constantemente, ahora por arriba, luego por abajo. Movimientos instintivos, reacciones espontaneas deslumbraban a quienes mirábamos. Galo no se cansaba y Tocha mantenía el ritmo, ninguno parecía estar dispuesto a detenerse.

Fue Galo quien se equivocó. Confiado en la velocidad de sus patadas y en su elongación, lanzó un martelo demasiado alto, pero poco efectivo. El recorrido circular de la patada, permitía un momento para reaccionar y Tocha lo aprovechó. Sin dudar un segundo esquivó y atacó en el mismo movimiento, la altura de la patada le daba libertad para acercarse lo suficiente para barrer la otra pierna. Galo cayó limpiamente. La roda se exaltó por un momento y se intensificó el Axé que había en el aire. Tocha extendió su mano sonriendo como era habitual pero Galo hizo algo que nadie se esperaba, se levantó y golpeó de lleno con el puño cerrado en la cara de Tocha. La roda terminó.

Mi profesor, luego de este incidente, detuvo la roda. Tocha no respondió a la agresión. Dejo de sonreír y lo miró por un segundo y salió. Galo fue invitado a retirarse y no volver nunca más. Esa fue la última vez que lo vimos. Ese día entendí una frase que me habían dicho, “Uno no deja a la Capoeira, es la Capoeira la que lo deja a uno…” Galo no dejó ese día a la Capoeira. Supimos que entrenó en otros grupos, pero al tiempo abandono sus intentos definitivamente. Fue la Capoeira quien lo dejó, a pesar de que él no lo entendiera nunca así.

Tocha sigue jogando. Se decidió finalmente y comenzó a dar clases, ya no usa los lentecitos de los sábados, y el collar que se había comprado en Plaza Francia me lo regaló a mí. Yo no digo que tiene un pasado arraigado a algún Mestre de Brasil, pero puede que alguna vez, haya contado alguna de las historias que ese collar vivió. ¿Qué puedo decirles…? No sé cómo es que toda esa Cháchara funciona, pero realmente lo hace. Y la Roda continúa.

domingo, 31 de julio de 2011

Tercer consigna. primera personalizada.

La tercer consigna, es algo más especifica. propone hablar de la visión externa de la Capoeira. Recompilar todas esas cosas que me dijieron, al respecto del tema y hacer un texto que abarque un poco todo eso. Este fue el primer intento.


Siempre mi fe apunta a lo mismo,

El rosario que yo rezo es un poco distinto.

Ningún Ave maría, tampoco padre nuestro

Mis oraciones tienen de por medio un São Bento...

Las primeras palabras que se me ocurren para describirla son: Arte, lucha, danza, música, historia. Imaginen una palabra que unifique todo eso, que lo simplifique. Una actividad repleta de su propia cultura, una forma de ser arraigada a su historia, un estilo de vida logrado por el esfuerzo de muchas personas. Una luta disfrazada de dança. Un intento de libertad que se tornó en una forma de expresarse: Una expresión libre del cuerpo. Imaginen algo así, pero resumido de manera simple, en una sola palabra. Porque yo, al igual que ustedes, cuando comencé tan solo sabía su nombre: Capoeira.


Para entender que es Capoeira, no hace falta saber absolutamente nada. No es necesario saber que es una danza-luta brasilera. O saber que no es lo mismo que el Onda onda o Baila manteca, manteca, manteca .¡De verdad! en primeras instancias, si nos detenemos a observar, son personas vestidas de blanco, que se patean sin golpearse, se doblan todos y parece que estuvieran bailando. ¿Hay negros en tu grupo? ¡Me encantan los negros! ¿Y rastas? ¿Son todos fumones? ¿Se re gana haciendo Capoeira, no? ¡Ay! Yo los veo siempre en la plaza. El único negro que había en mi grupo, se llamaba Shulio, era uruguayo, vivía con su pareja Héctor en un departamento y usaba unos shorts de jean muy particulares. Lo de las rastas, hasta yo las tuve, con eso creo que te puedo decir todo. Fumones… Bueno, creo que fumones hay en todos lados. Y sí, acá en Argentina estamos en las plazas, en las calles, hasta en los corsos. ¡Y descalzos! Siempre descalzos.

El Berimbau es el instrumento de la Capoeira y también un arco y flecha, como me dijeron alguna vez o una pipa gigante. Es el palo ese que usan en un tema de Sepultura, según me dijo alguien. Pero, ¿Cómo funciona? ¿Y qué haces con el palito? ¿La piedra para qué sirve? ¡Tócate unas cumbias! ¿Y vos sabes tocar eso? ¿Ay, debe ser re difícil, no? ¡Es un palo con un alambre y una calabaza que hace de caja de resonancia, nada más! Le pegas con el palito y según como apoyas la piedra en el alambre cambia el sonido. Lo que no saben es que con la simpleza de los 3 o 4 sonidos que son posibles lograr se puede hacer muchísimo. El berimbau, como les dije, es el instrumento de la Capoeira, pero también es el alma de la misma.

Si escuchas un blues, la atmosfera se llena de una extraña melancolía. El rock, es pogo, es recital. Un reggae trasmite armonía, relaja y pacifica todo. Un São Bento, tocado por el berimbau es capaz de manejar de la misma manera los ánimos de las personas en una roda de Capoeira, indicando cómo jugar con cada una de sus notas. El dialecto de la música es universal, comprendido desde el pequeño que responde por instinto hasta aquel viejo experimentado que conoce al detalle cada fragmento y cada sonido. A mí me gusta cuando cantan esas canciones largas con la música lenta y se mueven despacio. ¡Parece que estuvieran borrachos! Es como si fueran a caerse todo el tiempo y se enredaran entre sí. Así es como funcionaba el engaño, mientras el berimbau llora tocando Angola, recuerda el pasado e invita a contestar jugando y engañar lentamente con movimientos exagerados, esperando la distracción del oponente. Una Lembrança que habla de viejos Angoleros vestidos con gorros de cuero acompaña al berimbau.

Son muchas las historias que esconde la Capoeira. A simple vista se muestra como una danza que precisa cierta destreza física. Es una expresión alegre quizás, una entretención musical. Pero quien escucha, quien ve con detenimiento también descubre el sufrimiento de sus historias, las ansias de libertad en sus movimientos y la pasión retumbando en los tambores que marcan el ritmo.

miércoles, 27 de julio de 2011

La foto


La siguiente consigna pedía elegir una foto y hablar al respecto de ella. Revisando entre los albumes, encontré esta. Es una foto que me encanta, porque fue en una epoca muy particular. Fueron en unas vacaciones muy distintas a lo planeado.

Gesell 2009.

Ahí estás, haciendo lo que más te gusta. De cabeza al mundo como siempre. En ese momento no hay nada más. ¿Qué importa si se murió tu abuela hace 2 semanas? ¿Interesa que ella te está extrañando? Eso no aparece en tu cabeza en este momento. La verdad es que ahora tan solo sirve pensar en llegar al piso, en tocar la arena… y sentir que estás vivo.

6 días de vacaciones. Eso tenés. Volvés de este intervalo emocional y tenés que decirle “Hola!” a la realidad y no tenés ganas. Pero estás ahí, detenido en ese segundo disfrutando el simple hecho de estar vivo. Deteniéndote un instante y pensando en lo que te hace bien, por un segundo te lo permitís y luego volvés. La acrobacia se termina y todo vuelve a comenzar, seguís en la playa con tu bermuda preferida, pero no estás ahí. Y cada vez que te escapas a caminar volvés y te dejas llevar. Porque en tu cabeza está claro, lo sabes cada vez que te quedas solo con tus pensamientos y no te pones a evadir la realidad. Todo es bastante claro: La cosa está complicada. Y mucho.

Por eso ese instante es tan importante. Porque en ese segundo tenés paz, en el instante en que te despegas del suelo y te decidís a provocar a la gravedad, evadir la lógica y suspenderte por un momento en el aire, todo deja de importar. Todo se acomoda, se tranquiliza y te permite encontrar la armonía que necesitas. Y no es que busqués eso para no afrontar los problemas, en realidad es poder hacer eso lo que te da la fuerza para afrontarte contra todo lo que venga. Porque vos tenés “eso” que necesitas. Si, “eso” que no podes definir, que no necesitas entender del todo, tan solo poder percibirlo y comprender que te hace bien. Algunos le dicen pasión, otros puede que te digan que es lo que le da sentido a todo esto. La verdad es que nadie sabe muy bien qué es y por eso inventan lo que creen que más se acerca para poder describirlo. Pero eso no es lo que importa. Si lo tenés, aprovéchalo. Eso es lo que tenés que hacer. Y es lo que entendés cuando estás ahí. En el momento que todo finaliza, todo vuelve a comenzar. La fuerza para estar de pie aparece otra vez y todo continúa. La danza diaria, esa que todos los días bailás, te vuelve a mostrar donde es que estás.

En Gesell “disfrutando” unas vacaciones familiares.
Con tu viejo te fuiste, flaco. Tu viejo y su esposa. Y no solo eso, tu hermano con la novia y de yapa tú hermana con el novio, también. Y vos, que tenias que irte de vacaciones con tu novia, terminaste acá, solo sin saber muy bien cómo. Estas tenían iban a ser unas excelentes vacaciones pero de alguna manera terminaron así. Y ahí estás, con todos tus pensamientos y tratando de disfrutar el momento. Estas cerca del océano, a vos siempre te gustó. Y te hace bien venir a caminar, a saltar un poco y a recorrer. A tranquilizarte y pensar. Por eso es que sonreís cada vez que volvés a tocar la arena. Y aunque puede que nada este muy bien, respiras profundo, sacando todo el aire del cuerpo, para renovarlo con aire nuevo, a ver si sirve de algo. Y eso no sabes si te ayuda, pero te sirve. Tener esos trucos internos, te está salvando de hundirte en la arena y es por eso que los respetas.

No esperas entender nada más de lo que ya sabes, ni que de repente todo cobre sentido, sabes que eso no va a suceder, pero igual seguís intentando. Cada vez que saltas en la vida, cada vez que te arriesgas a despegarte y aventurarte sentís la misma sensación. Y la sonrisa llega siempre. Y sabes que esto también es así. Dentro de poco vas a sentir mucho dolor, lo sabes, pero eso no importa. Porque estás ahí, de cara frente al mar con todas estas sensaciones tan encontradas, buscando una respuesta entre las infinitas huellas que desaparecen. El viento te pega en la cara, ese viento tan distinto que parece llevarse todo. Y el dolor parece desaparecer, la angustia no te agobia. El paisaje te llena, se mezcla con tus ideas, las modifica y hasta las suaviza. Todo sigue igual, pero sos vos el que lo ve distinto, a veces es necesario darle la vuelta al mundo para entender con claridad ciertas cosas, a otros les basta ponerse de cabeza al mundo para que la imagen cobre sentido. Tú paz siempre va a estar de cabeza y siempre va a ser difícil de alcanzarla, pero siempre será eso que necesitas para continuar.